En lo alto de un montón de escombros, Michael Jules hundió una barra de hierro una y otra vez en el concreto de la que era la casa de su abuela.
Un primo más joven, de cuclillas a sus pies, apartaba los restos con una pala de mano. Era el tercer día que Jules trabajaba en el lugar como si fuese un arqueólogo, retirando una capa tras otra. Tenía más o menos establecido el perímetro de su cuarto.
El martes por la mañana, destapó una esquina de su colchón. Mientras Jules, de 21 años, se esforzaba con herramientas manuales, y a veces con sus propias manos, al final de la calle, pesadas excavadoras limpiaban fincas, depositando viviendas enteras en camiones de basura o reduciendo los derrumbados inmuebles a pilas ordenadas.
Para algunas víctimas del sismo del 14 de agosto en Haití, el preludio necesario para la reconstrucción ha comenzado.
Joseph Gervain, otro de los primos de Jules, observaba desde la calle. Vivía en la casa de detrás, que también resultó dañada. Se preguntaba cómo deciden quienes manejan la maquinaria qué parcelas limpiar y cuáles no. “Veo a gente que está sacando escombros, pero no sé cuáles son las condiciones“, afirmó Gervain.
“Quizás paguen para que se retiren los escombros. Veo que se saltan casas. Alguien está dando órdenes sobre de qué casas retirar los escombros“.
Las maquinas llevaban los logos de organizaciones no gubernamentales, pero el alcalde de Maniche parecía ser quien guiaba los trabajos. Jean Favard observaba como una de las grandes máquinas amarillas apartaba los escombros de su casa de vacaciones, un poco más arriba de la de la abuela de Jules.
El inmueble estaba vacío y señaló que tiene previsto reconstruirlo una vez el terreno esté despejado. Gervain apuntó que no tenía idea de lo que haría su familia en la finca donde la vivienda de ocho dormitorios repartidos en dos plantas— en la que vivían 12 personas — quedó reducida a una pila de concreto y vigas torcidas. Jules seguía cavando con un doble objetivo: su ropa — iba vestido solo con ropa interior prestada de Spiderman — y su pasaporte.
“Aún no he encontrado nada“, afirmó. Maniche está a una hora de distancia de la carretera pavimentada, sobre un puerto de montaña y asentada en un amplio y verde valle. La localidad ha perdido entre el 80% y el 90% de sus casas, según estimaciones preliminares.
Los montones de escombros como el de la casa de la abuela de Jules salpican cada calle. Y la mayoría de las que siguen en pie tendrán que ser derribadas. El mercado de la ciudad, a orillas del río, parecía estar relativamente intacto. Aún en martes — el día de mercado es el sábado — agricultores de los alrededores cruzaban el río con sacos llenos de frijoles y maní sobre sus cabezas.



