Santo Domingo, República Dominicana, jueves 21 de mayo, 2026

El Día del Periodista

Hay cuatro momentos, entre otros tantos, que al recordarlos elevan mi orgullo de ser periodista hasta su más alta expresión.

El primero fue cuando el director del Listín Diario, don Rafael Herrera, me ordenó en voz alta, en plena redacción: “Banilejo, póngase las botas mañana y prepárese para salir a la calle”.

Con esas palabras aprobaba mi bautismo como reportero, luego de casi un mes como practicante —ahora llamado pasante— en la Redacción.

Esa noche no dormí, dándole vueltas a lo que sería mi primer gran reto profesional, estrenando mi condición de periodista formal del Listín.

El segundo momento fue cuando, llegado el día de la prueba, me entregaron la credencial, el carnet que colgaba sobre mi pecho como un mágico escudo o amuleto para mis nuevas andanzas.

El tercero, y también delicioso, llegó al día siguiente del bautismo: ver mi nombre calzando la noticia que me habían encargado cubrir.

Originalmente puse: “Por Miguel Franjul Bucarelly”, pero me volaron el segundo apellido porque se salía del encuadre de las nueve picas de una columna.

Eso produjo un enorme desaliento en mi madre y mis tías, que esperaban ansiosas ver la marca de familia en esa firma.

Así se quedó para siempre, década tras década, como huella indeleble del legado escritural de mis reportes.

Y el cuarto, como si el destino quisiera atarme de forma fuerte y perdurable a esta profesión: mi primera hija, Marcelle Marie, nació un 5 de abril, justamente el Día del Periodista. ¡Feliz coincidencia!

Con el tiempo comprendí que una de las mayores satisfacciones para cualquier periodista es ver su nota firmada en primera página, ese espacio privilegiado donde se asientan las noticias más importantes.

Una vez, siendo testigo presencial de una reunión en la sala de primera página de The New York Times, el editor me confesó que esa era la puja diaria de los mejores reporteros: el empeño que ponían por ganarse ese mérito.

Pero hay otras grandes satisfacciones, comunes a quienes ejercemos este oficio: percibir que nuestros trabajos producen algún impacto en la sociedad, que tienen acogida, que dan buenos frutos.

Estas íntimas compensaciones son las que nos aleccionan y agregan un dulce sabor a lo que, en sentido general, es una profesión de riesgos, incomprensiones, ingratitudes y animosidades de quienes se sienten afectados por lo que escribimos o difundimos.

Sin embargo, las dificultades se asumen como parte del entramado de pruebas que acompañan toda búsqueda de la verdad y su descubrimiento.

Por eso es natural ver a reporteros desafiando tempestades de la naturaleza, atrapados en la guerra, enfrentando episodios callejeros hostiles o investigando casos espinosos, expuestos a infinidad de peligros o amenazas.

Por eso no es raro que cada año, al conmemorar este día, las reflexiones giren alrededor de los sacrificios que hacen los periodistas y sus medios para mantener a la sociedad bien informada y consciente de las verdaderas realidades.

Ese es nuestro Gran Premio. Esa es la más fecunda cosecha de nuestros desvelos y de una vida consagrada a servir a los demás.

Que este 5 de abril, cada periodista recuerde que su firma —aunque a veces le falte un apellido— es el testimonio de una lucha honesta por la verdad.

Y que cada dificultad, cada riesgo, queda empequeñecido frente al orgullo de haber elegido esta trinchera de la libertad

 

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