Las críticas, en especial a las ejecutorias del poder, constituyen el necesario contrapeso que da vida y fortaleza a la democracia.
Hoy, sin embargo, se ha llegado a un extremo de tolerancia ante un estado creciente de difamaciones, chantajes e injurias públicas que bordea el caos, el desorden, que pone en peligro ese equilibrio que hace posible la convivencia de la sociedad.
Espanta como experimentados chantajistas, difamadores, extorsionadores públicos, hombres y mujeres, aduciendo ampararse en el ejercicio de libertad de expresión que consagran la Constitución y las leyes, tiene aterrada a la sociedad, al funcionariato, a la gente que hace vida pública, con las más agresivas, descarnadas y descaradas andanadas injuriosas -que difunden impunemente por redes sociales, radio, televisión- que socavan los cimientos de la familia, el derecho a la intimidad, la privacidad, el buen nombre.
Preocupa y molesta, que tras las luchas que la sociedad ha librado por tantos años -me acojo al derecho de 58 años ininterrumpidos en el ejercicio profesional y diáfano del periodismo, habiendo alcanzado los más altos peldaños de la profesión- por un estado de derecho, de respeto, de libertades, hoy soportemos impasibles los más aberrantes chantajes y extorsión -económicos-, difamaciones -políticas y personales-, injuria -social-, incluso contra las más altas figuras del Estado y de la sociedad, como el presidente y la vicepresidenta de la República, por ejemplo. Y nada pasa.
No sugiero un estado de represión, jamás, pero si aspiro que a esta irritante y peligrosa oleada difamatoria, cargada de acusaciones, mentiras, con impublicables calificativos, malas palabras, que afectan la sensibilidad de la gente con moral, se le ponga el frente, se le ponga freno con las herramientas que nos otorga el estado de derecho, las leyes.
De que este desorden continúe, y se agigante, todos somos responsables.



