Santo Domingo, República Dominicana, jueves 21 de mayo, 2026

La era del vértigo

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el pulso de un periódico no se medía en clics por minuto, sino en el consagrado silencio de unos hombres y mujeres que leían a contracorriente del reloj.

Eran los correctores.

En la primera línea de trinchera estaban los correctores de estilo, una suerte de centinelas de la lengua española.

Leían los textos de los periodistas no solo para cazar una coma errante o una concordancia coja, sino para proteger la verdad, de la mala escritura.

Detrás de ellos, en una segunda línea igual de crucial, los correctores de pruebas revisaban las galeras —las páginas ya maquetadas— con la meticulosidad de un relojero.

Su objetivo era que nada, ni una sola línea, escapara al filtro de la precisión antes de que el papel saliera a las calles.

Veteranos muchos de ellos, eran algo más que empleados: eran historiadores con diccionario, escritores que no firmaban, abogados de la lengua.

A su lado, siempre al alcance de la mano, había un ejemplar del Diccionario de la Real Academia Española, gastado de tanto usarlo para verificar si el redactor había usado tal o cual palabra con la propiedad que merecía.

Eran, en esencia, la memoria viva de la Redacción y el último baluarte contra la imprecisión.

Esa estirpe, la de los correctores artesanales, es hoy una especie en extinción.

Las redacciones modernas, atrapadas en la tiranía de lo instantáneo, ya no albergan esos baúles andantes y vivientes de los recuerdos.

Su papel ha mutado. Ahora, la vigilancia recae en los “curadores de contenidos”, periodistas experimentados que verifican no solo el texto original, sino también los aportes que la Inteligencia Artificial sugiere para alimentar las plataformas digitales.

El cambio de soporte lo ha transformado todo.

Antes, el hecho de trabajar para el papel imponía un ritmo más humano. Había tiempo para la duda, para la consulta, para la pausa que permite pulir una frase hasta dejarla cristalina.

Ahora, la urgencia por competir en velocidad con otras plataformas digitales ha comprimido los segundos.

El espíritu crítico, ese viejo compañero de los correctores, lucha por abrirse paso entre la avalancha de información que exige ser difundida de inmediato.

Sin embargo, no todo está perdido en la era del vértigo.

Conscientes de que la confianza del lector es el activo más frágil y valioso, los equipos digitales han aprendido a crear nuevos mecanismos de vigilancia.

La tecnología, que impone la velocidad, ofrece también las herramientas para enmendarlo casi todo sobre la marcha.

En Listín, esa vigilancia se ejerce con una regla de oro que resiste cualquier actualización: la verificación.

Antes de que una noticia vuele a las pantallas de nuestros lectores, nos obligamos a confirmarla en al menos dos fuentes.

Es un ejercicio de resistencia contra la inmediatez mal entendida. Es la manera de esquivar, en lo posible, los riesgos del error y la imprecisión.

Los ojos que vigilan la Redacción ya no son los mismos. Han cambiado de nombre y de herramientas.

Pero su misión —la de garantizar que lo que llega al lector sea claro, cierto y confiable— sigue siendo la misma.

Porque aunque los tiempos se aceleran, la pulcritud del periodismo no entiende de prisas.

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