Uno nunca sabe cuándo la vida le va a dar una sorpresa de esas que nos agarran desprevenido y nos revuelven el alma.
Hace unos días sonó el teléfono en la redacción y, al otro lado, una voz un poco inaudible pero firme me devolvió cuarenta años de golpe.
Era mi viejo profesor de Literatura del liceo, don Santiago Holguín, uno de esos maestros que marcan a uno para siempre.
Lo había perdido de vista desde mediados de los setenta, cuando yo era un muchacho de esos que iban al Listín con el uniforme del liceo mal planchado y los cuadernos gastados y él, un maestro joven todavía, de esos que no daban clase por obligación, sino por vocación pura.
Para que se hagan una idea de quién era este hombre les cuento que en el Tercero A del liceo Manuel Rodríguez Objío, después de la revolución del 65, él no solo nos enseñaba a distinguir un verso de Salomé Ureña o a entender la pluma certera de don Max Henríquez Ureña—que por cierto escribía aquí en el Listín—, sino que nos hacía sentir que la literatura era cosa viva, algo que se respiraba en las calles.
Organizaba exposiciones, competencias, traía libros y fotos de los grandes.
Cuando don Max murió, organicé con unos compañeros un grupito para bautizar nuestro salón con su nombre, y don Santiago no solo nos apoyó, sino que se puso la camiseta con una exposición de las columnas del maestro. Eso no se olvida.
El tiempo pasó, yo me fui haciendo periodista y él siguió dando clases en el Calazanz, treinta años de entrega. Un día me dio la noticia de que abría el Colegio Don Max, y yo contentísimo.
Pero la vida es así de traicionera. Uno se promete llamar, visitar, y de repente han pasado décadas.
Hasta que, sin esperarlo, recibí esa llamada. Y no era para pedirme un favor cualquiera. A sus 93 años que cumple este mes, don Santiago quiere fundar un centro de educación ciudadana en Santo Domingo Este, para dar diplomados de moral, cívica y valores patrióticos a bachilleres recién graduados, y que ellos, a su vez, alfabeticen adultos.
“Quiero ver el primer block antes de morirme”, me dijo con esa luz en los ojos que solo tienen los que todavía sueñan.
Así que allá fui, a su casa modesta pero llena de vida. Me abrió la puerta él mismo, con su familia alrededor, y nos dimos un abrazo que borró de un solo golpe el desierto del olvido en cuarenta años.
Nos pusimos a recordar a los viejos compañeros, a contar anécdotas del liceo, travesuras, risas. Y entonces, para rematar la noche, se colgó del pecho un bandoneón viejo y empezó a tocar.
!Imagínense! El mismo hombre que nos explicaba a Pedro Henríquez Ureña, ahora sacándole melodías a ese fuelle con una destreza que emocionaba.
Después me llevó al patio. Y ahí entendí por qué este hombre es tan especial. Tiene dos senderos dedicados a su padre y a su madre, como un homenaje constante a sus raíces.
Pero hay un rincón, una matita rodeada de plantas y flores que él riega todos los días, que es el lugar sagrado de él y su mujer. Ese espacio, me dijo, es de ellos dos.
Y mientras caminábamos, me contaba que todavía lee, escribe un libro sobre el proyecto de sus sueños y presta libros de su biblioteca a los amigos. A los 93 años, el profesor Holguín no se ha jubilado de la vida.
Y yo, que llegué siendo un alumno y me fui sintiéndome su hijo, no pude evitar quedarme pensando en el camino. Porque este hombre no solo me enseñó a amar a nuestros escritores; me dio las herramientas para hacer exactamente lo que hago hoy: contar historias, buscar la verdad, y ponerle el corazón a las letras.
Esa noche, sentado bajo su matita, escuchando sus proyectos, entendí que el tiempo es un invento. Porque cuando uno se encuentra con un verdadero maestro, los años no importan.
Solo queda la gratitud, el cariño y la certeza de que, aunque pase lo que pase, personas como don Santiago Holguín son las que realmente construyen nación.



