Hoy, con el teléfono en la mano y el dedo tecleando sin parar, a veces se nos olvida distinguir entre lo que es información de verdad y lo que es simple entretenimiento disfrazado de noticia.
Esto no lo digo yo por capricho, lo confirma el último informe del Instituto Reuters, que es como el “termómetro” mundial de cómo consumimos información.
Resulta que el estudio revela una cosa bien contradictoria: cada vez más gente se entera de lo que pasa en el mundo viendo videos de 30 segundos, leyendo titulares en redes o viendo reels.
Pero, al mismo tiempo, la confianza en esas “noticias” está por el suelo. Y ahí viene la curiosidad: a pesar de que nos volcamos a lo digital, un 54 % de los encuestados sigue diciendo que, cuando realmente necesita saber si algo es cierto, prefiere lo que publican los medios tradicionales.
¿Qué nos dice esto? Que en el fondo, el instinto no nos falla: sabemos quién hace la tarea y quién no.
Para nosotros, en el oficio de siempre, una noticia es algo sagrado: tiene que ser verificada, contrastada con fuentes, contextualizada y firmada por alguien que asume la responsabilidad de lo que escribe. Fecha, autor y datos duros.
En cambio, lo que llamamos “contenido” puede ser cualquier cosa, un meme gracioso, una opinión sin filtro, un video editado para generar morbo, o un tuit sacado de contexto.
Su objetivo no es informar, es viralizar, vender, provocar una reacción y ya. Cualquiera lo publica, sin que nadie le exija pruebas.
Y aquí es donde está el peligro. Si normalizamos que un video de TikTok o una historia de Instagram tienen el mismo peso que una investigación periodística, estamos metiendo en la misma bolsa una cirugía de precisión y un remedio casero.
El propio informe de Reuters nos da la razón cuando dice que, aunque la gente se marea en las redes, la desconfianza hacia ellas es abrumadora.
Un 62 % de los consumidores admite que les brotan las dudas cada vez que ven algo por ahí, precisamente porque saben que la desinformación campea a sus anchas.
No es que seamos nostálgicos o que le tengamos miedo al cambio, lo que nunca he asumido.
Es que hay una línea difusa que, si no la trazamos bien, nos termina jugando en contra. Consumir “contenido” está bien para matar el tiempo, pero informarse es otra cosa: es un acto de ciudadanía.
Y en estos tiempos de guerras, crisis e incertidumbre, dejarnos llevar por el ruido digital es un lujo que no podemos darnos.
La confianza en la prensa tradicional sigue siendo el ancla en medio de la tormenta.
Por eso, aunque el algoritmo nos empuje a lo efímero, tenemos que preguntarnos siempre ¿esto que estoy viendo es un hecho verificado o solo una opinión con buena edición?
La respuesta, casi siempre, nos va a devolver a las fuentes tradicionales.
Porque, al final del día, el periodismo no es perfecto, pero al menos tiene nombre, apellido y la obligación de pedir disculpas si se equivoca.
Algo que un reel jamás hará.



