Me ha dado con traer recuerdos de cuando empecé en esto del periodismo y no pude evitar fijarme en cómo han cambiado las Redacciones desde entonces.
Para que se den una idea, aquí les ofrezco esta breve historia.
Cuando comencé en el Listin Diario en 1968, aquello era una sala de no más de 60 metros cuadrados y, por más de diez años, trabajé en esa especie de verdadero hormiguero.
El tecleo de las máquinas y las voces de los periodistas la convertían en una fábrica de adrenalina pura. Los jefes, eso sí, salvo el director, ni soñaban con un despacho privado.
Allí, juntos, aprendimos a convivir editores y redactores, reporteros gráficos y correctores, el mensajero y los encargados de los teletipos.
Todo en un ambiente de humo de cigarrillo, olor a café recién colado, órdenes a gritos y el repique constante del teléfono.
Se oía todo: las conversaciones ajenas, las quejas, los chistes y, muy a menudo, la palabrota de cajón cuando el lead más hermoso se torcía o cuando se armaban discusiones por béisbol, política o religión.
Cuando el Listín se mudó en 1974 —dejando atrás el viejo edificio de cuatro pisos de la calle 19 de marzo, donde había resucitado en 1963— y se vino a su sede actual, la querida sala de Redacción cambió por completo.
La nueva era amplia, bien iluminada y con cubículos para editores y redactores de cada sección.
Los reporteros generales tenían escritorios más grandes y separados entre sí. En ese ecosistema empezaron a pasar muchas cosas.
El ruido de las máquinas de escribir y el humo del tabaco ya no se sentían tanto, porque, sencillamente, dejamos de estar todos reburujados.
Con el tiempo y la llegada de las nuevas tecnologías —las computadoras, internet y la era digital— entraron nuevos personajes al equipo.
Ya no éramos solo reporteros y fotógrafos, sino que llegaron operadores de sistemas, diseñadores, editores de video, community managers y tecnólogos.
Como la oferta se diversificó bajo el imperio de la multimedia, se sumaron mercadólogos, expertos en edición de audio, podcasters y profesionales de otras áreas, que no necesariamente son periodistas.
Y ahora, con esto de la Inteligencia Artificial, una Redacción ya no es, ni de lejos, solo periodistas y fotógrafos.
En cada etapa de cambio, en cada punto de inflexión, los patrones de cultura, los manuales éticos, las reglas para escribir y los ritmos de trabajo han evolucionado profundamente.
Cuando miro hacia atrás y trato de distinguir esas diferencias entre la vieja sala abarrotada y la nueva, me pongo a pensar en cuánto ha cambiado el modelo… y siento que estoy en otra galaxia.
Sin ruidos, con el personal súper concentrado frente a las pantallas, la verdad es que añoro esos tiempos en los que había que salir a la calle a buscarse las noticias, llenar cuartillas, ingeniárselas por la falta de teléfonos o radios, revelar rollos de fotos y hasta arrimarse al peligro en ciclones o disturbios.
Pero, ¿saben qué no ha cambiado? El compromiso con esta vocación, esa misión de servir a la sociedad, de buscar la verdad y verificar los hechos.
Tampoco ha cambiado esa capacidad de sacrificio que tenemos los periodistas para aguantar presiones, los días de desánimo y esas injustas descalificaciones que hoy, con tanta desinformación, lanzan a la ligera contra nuestro trabajo.
Eso, por fortuna, sigue igual.



