En mi último libro, Prensa Vs. Poder, a días de ser puesto en circulación, dedico un subcapítulo a mis relaciones con Hatuey de Camps, en el cual cuento algunos episodios ocurridos entre ambos, durante mi ejercicio de periodista especializado en temas políticos.
En Prensa Vs. Poder relato esas relaciones con los ocho presidentes elegidos por el voto popular desde 1963, y otros dirigentes de la política nacional, incluido Hatuey, con quien me codee desde los ‘70, cuando él era un dirigente estudiantil y yo un reportero en trabajo de calle, pero también cuando él era un alto funcionario -presidente de la Cámara de Diputados y/o Secretario de la Presidencia, por ejemplo- y yo ejecutivo de periódico.
Impetuoso, confrontador, valiente, decidido, frontal, Hatuey se desarrolló desde las luchas que libraban los grupos estudiantiles -en el desafío de la juventud de las Américas en plena guerra fría, con el idealismo que motivaba la revolución cubana, de Fidel- contra los gobiernos del mundo. Ello le provocó prisión, represión callejera, choques con el poder y el liderazgo político. Era un hombre que ‘no barajaba pleito’, como dice el refranero povpular. Armador de proyectos políticos dentro del PRD que abrazó hasta el 2005, cuando fundó el PRSD tras su oposición al fracasado intento de reelección que trató de imponer Hipólito Mejía en 2004. Desarrollamos una relación siempre afable y respetuosa. En dos ocasiones me ‘salvó el pellejo’.
Creo y celebro, entonces, que se haya hecho justicia al rendir a Hatuey, un hombre que con virtudes y defectos, sirvió al país y ganó un sitial entre los grandes de esta democracia que ya supera los 60 años. ¡Enhorabuena!



