Uso el adjetivo posesivo para dejar expreso en esta nota como siento mío todo lo que ocurre en la Ciudad Intramuros, donde nací, estudié, me hice profesional, trabajé por primera vez, hice mis primeros amigos, mis primeros amores y desamores, donde cada vez que la visito siento nostalgia, gratos recuerdos.
Hace unas semanas caminando por calles de la Zona sentí una combinación de felicidad, alegría, y de pena, de mucha pena.
Las primeras calles que van siendo acondicionadas por los trabajos de remozamiento le van poniendo un toque de ordenamiento, de coherencia, del contraste realista que conforman su arquitectura colonial y las construcciones que le siguieron.
Los trabajos son lentos, traumáticos, pero confío en que cuando concluyan, ojalá, podré disfrutarlo.
No puedo ocultar la tristeza que me produce ver el arrabal en que se ha convertido la emblemática calle El Conde, vía llena de historias, recuerdos de estas generaciones y hasta de luchas patrióticas.
El Conde está sucio, las paredes de los históricos edificios -antes de los más altos de la ciudad- sin pintar, deteriorados, una gran bullanguería de mezclas de bachata de cabaret con merengues, hombres y mujeres sentados tomando cerveza en plena vía, como en cualquier callejón de barrio.
Recorrí algunas calles muy oscuras y, peor, parece que los policías destacados en el lugar trabajan con horario de oficinistas, pues ya a las siete de la noche, apenas pude ver un par en el parque Colón, otros en esquina de El Conde con José Reyes. Ah, y dos agentes en un motor, que me pasaron haciendo zigzag, en la Arzobispo Meriño.
Esta vez, confieso, salí más triste que alegre de mi Zona Colonial



